Como comienzo, decir que no pretendo ser pesimista. Solo un tanto analítico, tan solo es una introspección improvisada y decadente.
La mera subsistencia a esta vida confusa, corpórea y aburrida se me hace triste y enferma; y el único aliciente es mendigar entre los entresijos de las emociones humanas intentando sorber alguna que otra motivación la cual me produzca suficiente satisfacción como para demorar mí hastío un día más. Tan solo se trata de vampirizar emociones, pero todas terminan y se corrompen por si solas, ninguna es suficientemente duradera y pura. Sería una condena tener que soportar esta existencia de mi alma eternamente, que por cierto es algo que muchos anhelan, demencial.
Y es que parecemos un filete de carne en estado de descomposición, en plena canícula veraniega, con el fin de resistir el mayor tiempo posible, teniendo que soportar por delante largos años de pútrida vida.
Con un poco de sinceridad, sinceramente, me produce verdadero asco mi condición humana, y no solo por las secreciones, sino simplemente contemplando las manos desde la altura de los ojos como si estas fuesen espejo de la mortalidad, contemplar las deformidades del cuerpo, lo fácilmente mutilable que es, lo sencillo que es acabar con él; hasta incluso las limitaciones psíquicas que se tiene con la impedimenta corporal a cuestas.
Entiendo perfectamente como algunos lo han podido ver como una cárcel del alma. Yo mismo he sentido el sentimiento que sintieron ellos, la impotencia y el ennui, seguido de una desbordante desesperación incomprensible, sintiéndome atado por la cintura con una cuerda elástica y sin provabilidad de avanzar, solo el fango; o también como el niño baboso que intenta comunicarse con las personas de su entorno y fracasa porque aún no puede hablar.
Aún así el hombre teme al despegarse de su cuerpo, teme al parto. No entiendo este amor por el cuerpo, el creciente narcisismo, prometido con la estupidez.
Es todo psicología, es el "síndrome de Estocolmo pneumático" lo que hace que cojamos tanto cariño a nuestra corpórea prisión, al fin y al cabo no se puede negar que aporta cierta seguridad. Quizá, si conociésemos algo más allá de ella sentiríamos tremendo pavor, incluso más del que ya le tenemos a la muerte; o por el contrario gustemos imaginar que para mi deleite se sucedería un torrente de sangre y muerte a escala global con fin de superar el límite corporal, y entonces casi podría apreciarse como una expedición del hedonista en busca de nuevas fronteras, sería la meca de todo aventurero. Pues a lo mejor precisamente por ello nunca se sepa lo que hay más allá de estos barrotes. Tanto por una opción como por otras tantas nos viene a las mientes la típica frase que recuerda que el hombre noe sta preparado para conocer ciertas cosas.
Jamás podremos desvelar ciertamente los misterios de la muerte y el alma, por lo menos ni tú ni yo lo llegaremos a conocer.
No obstante, damas, caballeros; la muerte está sobrevalorada, aún así, sigan temiéndola, no dejen de lado su estupidez, pues nunca se sabe lo que puede ocurrir más allá de los barrotes.
La mera subsistencia a esta vida confusa, corpórea y aburrida se me hace triste y enferma; y el único aliciente es mendigar entre los entresijos de las emociones humanas intentando sorber alguna que otra motivación la cual me produzca suficiente satisfacción como para demorar mí hastío un día más. Tan solo se trata de vampirizar emociones, pero todas terminan y se corrompen por si solas, ninguna es suficientemente duradera y pura. Sería una condena tener que soportar esta existencia de mi alma eternamente, que por cierto es algo que muchos anhelan, demencial.
Y es que parecemos un filete de carne en estado de descomposición, en plena canícula veraniega, con el fin de resistir el mayor tiempo posible, teniendo que soportar por delante largos años de pútrida vida.
Con un poco de sinceridad, sinceramente, me produce verdadero asco mi condición humana, y no solo por las secreciones, sino simplemente contemplando las manos desde la altura de los ojos como si estas fuesen espejo de la mortalidad, contemplar las deformidades del cuerpo, lo fácilmente mutilable que es, lo sencillo que es acabar con él; hasta incluso las limitaciones psíquicas que se tiene con la impedimenta corporal a cuestas.
Entiendo perfectamente como algunos lo han podido ver como una cárcel del alma. Yo mismo he sentido el sentimiento que sintieron ellos, la impotencia y el ennui, seguido de una desbordante desesperación incomprensible, sintiéndome atado por la cintura con una cuerda elástica y sin provabilidad de avanzar, solo el fango; o también como el niño baboso que intenta comunicarse con las personas de su entorno y fracasa porque aún no puede hablar.
Aún así el hombre teme al despegarse de su cuerpo, teme al parto. No entiendo este amor por el cuerpo, el creciente narcisismo, prometido con la estupidez.
Es todo psicología, es el "síndrome de Estocolmo pneumático" lo que hace que cojamos tanto cariño a nuestra corpórea prisión, al fin y al cabo no se puede negar que aporta cierta seguridad. Quizá, si conociésemos algo más allá de ella sentiríamos tremendo pavor, incluso más del que ya le tenemos a la muerte; o por el contrario gustemos imaginar que para mi deleite se sucedería un torrente de sangre y muerte a escala global con fin de superar el límite corporal, y entonces casi podría apreciarse como una expedición del hedonista en busca de nuevas fronteras, sería la meca de todo aventurero. Pues a lo mejor precisamente por ello nunca se sepa lo que hay más allá de estos barrotes. Tanto por una opción como por otras tantas nos viene a las mientes la típica frase que recuerda que el hombre noe sta preparado para conocer ciertas cosas.
Jamás podremos desvelar ciertamente los misterios de la muerte y el alma, por lo menos ni tú ni yo lo llegaremos a conocer.
No obstante, damas, caballeros; la muerte está sobrevalorada, aún así, sigan temiéndola, no dejen de lado su estupidez, pues nunca se sabe lo que puede ocurrir más allá de los barrotes.
