Boca abajo, con la
vértebra al descubierto y desembarazada de la carne, los finos copos de nieve
se acostan en el hueso. El frío parece congelar, no lo suficiente como para
dejar de notar los fríos copos de nieve sobre el hueso. Nieve, o el rozar de un
labio cálido, o la vibración de una lejana voz metálica, todo es posible.
Cualquier movimiento pertenece a la nieve en este frio temporal, y la situación
no parece cambiar.
Un cosquilleo, por fin se ha dejado ver entre la fina capa de roja nieve
congelada que cubre el hueso. Es el turno de la mano descarnada para hacer su
movimiento y rascar con sus últimos trozos de uña, extirpando la cosquilla y rencarnando
el dolor.