Al minimalismo lo han violado con alevosía y diurnidad, y nocturnidad.
Se ve que a los arquitectos les ha hecho gracia plasmar la recta técnica del lápiz a la realidad. Muchos son los que lo hacen bien, como no; pero otros tantos ya simplemente prostituyen la idea por vicio y comodidad, haciendo verdaderos zafarranchos entre sus elementos arquitectónicos, e incomodando al pobre, pobre ciudadano que se observa como si estuviese en “Regreso al futuro XXXVIII” esperando entre tanto follón ser devorado por un holograma, aunque seguramente tendría una calidad tan pésima que precisaría algunas gafas en 3D para sentirse estúpidamente devorado.
Ahora, no sé por qué, me viene a las mientes Calatrava, que parece que se ha encantado demasiado mirando su obelisca obra olvidando su contexto. Y muchas de su titánides obras han acabado hiriendo de gravedad hermosas ciudades, como la Venus del Adriático, maculándolas con profundas cicatrices en su rostro.
En otros lugares como Valencia, (y puestos a metaforizar) La Perla del Túria, por lo visto se le ha dejado que campe a sus anchas por el antiguo cauce del rio, allí parece que no moleste a nadie. Pero como le dejen salir de allí ya me veo una Plaza Redonda con forma de ojo donde no quepa nadie; o una Plaza de Toros tan laberíntica que nadie podría entrar ni salir de allí y a dos por tres el toro paseándose por la calle Colón. Todo muy práctico.
Y es que hay que saber cuándo una cosa está fuera de lugar o resulta tan vista como ordinaria.
No hay que extenderse cuando precisamente el minimalismo pretende lo contrario; reducirse a su mínima esencia.
Y por otro lado no hay que invadir una ciudad como una plaga o mancharla deliberadamente rompiendo su estética histórica.
Que si, que incluso puede ser ecléctico (si está bien hecho, que no es el caso), y eso es original e innovador, pero feo.
“No sigáis, por favor…”
Un ciudadano abatido tras un ametrallamiento arquitectónico actual.