Despunta un naranja oriental que se está desparramando por el cielo, manchando tejados y sábanas. Pronto se mezclará con un fucsia sinuoso que atraca cerca del occidente tiñendo las aguas. Con la apertura del jazmín se advierte ya la oscura inundación de las calles.
Y en este océano azabache, como otras tantas veces, habrá un pequeño baile de luces y sombras en alguna intrincada terraza. Carne, discusión, alcohol y café, nada más y nada menos.
Y así, nada más y nada menos, es París. Precioso.
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