El batir sus alas polvorientas corta el azul oscuro, la
polilla vuelve a posarse en su argéntea tez dormida. Las filosas antenas le
rozan suave e intencionadamente sin remedio, cree poder anidar en la húmeda frente
del huésped hallando el alimento oportuno en este espacio estéril. Quien conoce
bien la anatomía de la polilla comprenderá su actitud al besar la mortecina
piel y libar de las secreciones de su anfitrión, que solo podrá levantar sus
ojos hasta quedar estos en blanco en busca de la condenada parásita que se
desliza desde las profundidades más oscuras del azul.
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