Estando triste y cansado en la parada del metro pude oler como un hombre me alegraba la existencia. Alrededor de unos 100 kilos de tonelaje en caída iban deslizándose suavemente sobre las escaleras mecánicas, avanzando con trepidante silencio, con un bollo de chocolate precioso en la mano, y colmando la escena su corta y ancha camisa no daba lugar a la imaginación, mostrando así y desde mi baja perspectiva una excelentisima panza cultivada ,que con ampuloso relieve, saludaba. Además, su orgulloso ombligo en forma de pelusa.
Y la traducción de ello no podría ser más perfecta.
El hombre en sí mismo es bello cuando se acerca a su esencia más pura y consigue plasmarse en la realidad en un disparo exagerado.
Es en la silueta de ese hombre y en la nanocentésima de sus acciones, que sumándose todas ellas, se auto-retrata de forma conjunta y definida, está repasando su contorno con un punzón, perforando la hoja, está rasgando la física y la razón de la naturaleza y del arte con un bollito de chocolate.
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